¿Sueñan los populistas con botnets humanas?

ACN

Horkheimer y Adorno, dos de las personalidades más influyentes de la Escuela de Frankfurt, llamaron “horda” a la unidad política elemental del nazifascismo: La horda impone “la unidad del colectivo manipulado”, que se erige sobre la negación de la persona singular. Significa “el triunfo de la igualdad represiva (…) la negación del derecho mediante la igualdad” (Dialéctica de la Ilustración). La tesis de fondo no ha perdido un ápice de su vigencia en la actual primavera populista, pero precisa de una actualización a nivel de medios por estar esa obra escrita cuando la radio, “la boca universal del Führer”, era el principal soporte para la manipulación de masas.

La “horda”, que es menos un invento del nazifascismo que el genuino producto cultural de la Europa de entreguerras, se ha visto transformada en “botnet humana” tras la irrupción de los nuevos soportes tecnológicos. Como su antecesora, esta nueva forma política tampoco es atribuible a ninguna ideología en particular, sino que procede de la convergencia de tres factores de raigambre cultural:

  1. Acceso permanente a Internet gracias a la omnipresencia de los dispositivos conectados, que permite recibir actualizaciones en tiempo real, indistintamente del lugar en el que uno se encuentre.
  2. Socialización política a través de las redes sociales, que son soportes con un diseño altamente personalizable que favorece la creación de burbujas de opinión en las que la polarización pasa a ser lo natural.
  3. Relacionado con lo anterior, progresiva infantilización del sujeto tras convertir la política en una actividad cada vez más condicionada por la “viralidad” del mensaje, y dejar de medirla por los argumentos, propuestas o resultados (lo que fomenta una competición de sofistas que pone a prueba su talento para la demagogia).

Hasta hace poco, “botnet” (red de bots) era un término perteneciente al vocabulario informático, que designa uno de los grandes peligros del Internet actual: Que un cibercriminal se introduzca y se haga subrepticiamente con el control de los ordenadores de terceros, con el objetivo de utilizar esos dispositivos infectados para que lleven a cabo acciones sin el conocimiento de sus legítimos dueños. Lo más habitual es que se sirva de ellos para enviar publicidad (spam), los ponga a minar criptomonedas o los use para realizar ataques DDoS coordinados sin temer consecuencias legales, dado que su identidad queda protegida detrás de los identificadores de otros. La existencia de una cantidad cada vez mayor de aparatos conectados a la red Internet, buena parte de los cuales cuenta con una pésima seguridad, hace que las redes de bots proliferen y aumenten constantemente de tamaño, en proporción a la capacidad de influencia de sus operadores.

Políticamente podría parecer incongruente hablar de “botnet”, que como digo es un concepto más propio de la cibernética que de las ciencias humanas y sociales. Pero no he sido capaz de encontrar un término que ilustre mejor la vigorosa forma política favorecida por la cultura digital actual, a la que urge poner un nombre para poder identificarla en calidad de objeto y frenar así su proyección incuestionada. Lo que llamo “botnet humana” no es, como ya advertía al principio de este artículo, algo en esencia distinto de la “horda” tal y como la teorizaron Horkheimer y Adorno: También aquí se aspira a imponer “la unidad del colectivo manipulado” por encima del criterio individual; también en este caso triunfa la “igualdad represiva” que asimila a todos sus miembros; también la botnet precisa de las prescripciones de la “boca universal” de un Führer o equivalente. Lo que cambia y justifica la nueva terminología son los nuevos soportes, digitales, sobre los que se asienta la “horda” posmoderna.

El populismo se distingue por querer dotarse de una red de apoyos humanos que se comporte con el mismo grado de obediencia que un ordenador infectado y en manos de un cibercriminal – de ahí el nombre de botnet “humana”, que se compone ante todo de elementos orgánicos. El objetivo es reproducir las mismas condiciones 1) de jerarquía, 2) de nula autonomía y 3) de instrumentalización de los componentes que se dan en las botnets “mecánicas”, de manera que desde el centro de mando se puedan pilotar los comportamientos de la masa, que es reducida a un bien de uso gustoso de seguir las instrucciones de los jefes.

Basta con echar una mirada a las dinámicas de creación de opinión política en redes sociales (verdadero campo de lucha de los populistas) para observar el magnífico proceso a través del cual se van activando todos los resortes que integran las botnets de los partidos. Como si de una detonación controlada se tratase, unas pocas cuentas de referencia (las abejas reinas del movimiento) emiten de manera coordinada un determinado “estado de opinión” destinado a crear un efecto resonancia sobre las cuentas intermedias (“influyentes” comprometidos con la causa), que a su vez llegue a la amplia mayoría de clases inferiores, de las que solamente se espera que participen como autómatas repetidores (o aduladores). Estos últimos conforman la parte numéricamente mayor de la botnet, aunque su palabra individual sirve tan sólo para añadir ruido de fondo a una conversación que otros desarrollan y conducen.

Subterráneamente, por debajo del caos de mensajes, consignas, etiquetas y memes (que se pueden contar por miles en cada campaña), se vislumbran estructuras piramidales claramente definidas, que siempre operan del mismo modo y delegan (casi siempre) en las mismas personas para reproducir el “efecto dominó” deseado.

No es ningún secreto que la estrategia de Twitter de Vox recae fundamentalmente en la cuenta oficial del partido, @vox_es, y la de su líder, @Santi_ABASCAL, de ahí que la formación se viera inmersa en una situación extremadamente delicada cuando la red social suspendió la primera de esas cuentas durante la primera semana de campaña electoral en Cataluña. Si hubieran suspendido también la otra, el partido habría perdido una gran porción de “viralidad” al quedar temporalmente silenciados sus dos altavoces principales (la cuenta del candidato catalán, @Igarrigavaz, se dedica prácticamente en exclusiva a dar difusión de los mensajes de terceros). Unidas Podemos, por su parte, se sirve sistemáticamente de la cuenta de @PabloEchenique para marcar perfil propio, polemizar con otros grupos y tensionar el clima político en favor de los intereses del partido, funciones que antes llevaba a cabo Pablo Iglesias pero que se antojan incompatibles con su nuevo rol de Vicepresidente del Gobierno. Todo esto por no hablar del desdichado “procés”, manejado a placer por unas élites políticas que giran alrededor del Rey Sol, Carles Puigdemont, cuya cuenta (@KRLS) da y quita legitimidad a los varios actores del independentismo catalán.

Acontecimientos recientes demuestran asimismo que el papel destinado a las clases inferiores de las botnets no se va a limitar (en el corto y medio plazo) a ser meros amplificadores digitales de las consignas de arriba. Cada vez más, las “abejas reinas” confían en ellas para asumir cometidos en la vida real, sin alterar su rol estructuralmente pasivo: Aunque parezcan cobrar protagonismo, lo siguen haciendo en calidad de instrumento y correa de transmisión de las directrices de las élites populistas.

Como si fueran los peones de un ajedrez que otros controlan, las masas son hoy invocadas para 1) reforzar la acción institucional de los líderes populistas, 2) exhibir músculo movilizador, 3) rebasar abiertamente las fronteras legales sin que quepa pedir responsabilidades a sus operadores. El asalto al Capitolio por parte de los “trumpistas” forma parte de este nuevo paradigma de movilización, que llega allí donde Donald Trump no puede: La toma violenta de la sede del Congreso, corazón de la democracia americana. Las acciones llevadas a cabo por una botnet no pueden ser interpretadas aisladamente, sin atender a las prescripciones (implícitas, la mayor parte de las veces) y “clima social” favorecido por quienes las dirigen realmente. En este caso, la toma del Congreso debe ser vista como consecuencia de las denuncias de fraude electoral por parte del ya ex presidente y el auge de la demagogia en la política estadounidense.

Pero incluso la vigorosa botnet trumpista se muestra deficiente al lado de la botnet de Tsunami Democràtic. Tsunami fue una plataforma fantasma que el 14 de octubre de 2019 logró movilizar a miles de personas para bloquear el aeropuerto de El Prat (Barcelona) a través de una excelente campaña de marketing en redes sociales. Poco se ha hablado de este experimento, que hasta había desarrollado una aplicación propia para mandar instrucciones geolocalizadas y en tiempo real a sus seguidores para ordenar nuevos movimientos sin temer consecuencias (para sus líderes políticos, claro).