La fama y el éxito como religiones de sustitución

La fama y el éxito como religiones de sustitución

Andy Warhol dijo en una frase célebre que, en el futuro, todos tendrían la oportunidad de ser famosos durante 15 minutos. De lo que no habló fue del precio a pagar. De que, para llegar a tan anhelada meta, sería preciso entregarle nada menos que la vida entera. Optar a la fama es indisociable de la firma de un contrato diabólico, en el que se entrega el alma individual a poderes oscuros que seducen con la promesa de endiosamiento (hybris). Conoce bien esta condición C. Tangana, quien empezaba su canción “Un veneno” (2018) lamentando que “esta ambición desmedida / por las mujeres, la pasta y los focos / me está quitando la vida / muy poquito a poquito a poco”.

Salvo contadísimas excepciones, la fama no es un regalo caído del cielo. De hecho, es justo lo contrario a un don que se reciba sin esfuerzo. Para lograr su bendición hay que haberla buscado con insistencia y adecuado la propia vida a las expectativas por ella marcadas, esperando a cambio que su foco nos destaque entre la multitud. Como nadie sabe cuándo llegará esa oportunidad y la competencia es feroz, hay que estar en permanente alerta para que, si nos llega el turno, no nos pille desprevenidos.

Muerto Dios, el humano racionalista no se libra la necesidad de un algo que dé sentido (orden y forma) a su existencia. De ahí que hoy proliferen tantos sucedáneos de la religión, como copias deformadas que instan a que el ser humano “secular” hinque la rodilla ante ellas. La fama es una de esas muchas religiones de sustitución: “El éxito, elevado a rango de potencia máxima, de última instancia, ante la cual toda acción ha de justificarse” (María Zambrano, “Sentido de la derrota”). De acuerdo con esta máxima, los modelos de inspiración predicados por el nuevo credo tendrán que ser quienes sopesan todas sus acciones en términos de éxito (léase “reconocimiento”, “impacto” o “viralidad”): youtubers e influencers, personalidades mediáticas y charlatanes del inframundo de las redes sociales. Los protagonistas de un orden tan dinámico (los figurantes sólo duran 15 minutos) cambian constantemente, pero la estructura religiosa de fondo es siempre la misma. Muerte de Dios, deseo de autodivinizarse (hybris), pacto con el diablo para conseguirlo, entrega del alma individual a un ídolo insaciable… y consiguiente ruina humana.

La época actual ha puesto todos sus engranajes al servicio de la religión oficial de nuestra cultura contemporánea, el culto al éxito. Quiere que éste penetre a todos los niveles (familia, amistades, entorno profesional) con el objetivo de que en todas partes se actúe según su esquema de valores. Que la obtención de prestigio social y “viralidad” sean las únicas categorías que rijan la vida social. Por eso los principales dispositivos de socialización de nuestra era, las redes sociales, han sido diseñados para incentivar la proyección (virtual) de uno mismo en el Olimpo de “los famosos”. Como hoy ser famoso es una condición altamente mutable que deriva del grado de impacto de los contenidos que se generan, cualquiera puede soñar con su inminente “salto a la fama” después de varias publicaciones exitosas. Y al revés, cualquiera de los actuales “famosos” puede ser desposeído de su aura: “Allí donde nadie tiene más que la fama que le ha sido atribuida como un favor por la benevolencia de una Corte espectacular, la desgracia puede seguir de forma instantánea” (Guy Debord, “Comentarios sobre la sociedad del espectáculo”).

En el aspecto puramente intelectual, no debe existir la menor duda de que la introducción de una variable llamada “éxito” contamina por sí sola toda la labor analítica. Y lo hace por partida doble, en su capa más superficial y en la más profunda. La capa superficial, por llevar a la progresiva coincidencia de las propias opiniones con el criterio de las mayorías. La profunda, por la elección de los temas sobre los que se siente llamado a investigar. El intelectual seducido por la fama pierde su figura (hybris) y se convierte en otra cosa, al pasar a ser un seguidor más de la religión del éxito. Su cambio de intereses, del amor desinteresado al conocimiento al ansia de ser reconocido, es la constatación de una traición a su oficio.

Intelectualmente, el error de dejarse llevar por los derroteros de la fama es que ésta hace naufragar en el presente nuestras facultades para la reflexión de largo recorrido. El pensamiento pierde así su capacidad para volar alto. Cuando se deja que el factor repercusión influya, se tiende (conscientemente o no) a adaptar el discurso a lo que el público actual quiere escuchar. El análisis queda entonces condicionado a la búsqueda de un apoyo inmediato y se desdeña su función iluminadora para las épocas futuras. La fama fuerza a vivir en la inmanencia para servir en exclusiva a esa arrogante comunidad cerrada que es la “oligarquía de los vivos” (Chesterton).

“Los que triunfan se envuelven en su victoria y vienen a ser asfixiados por ella. Y mientras, el derrotado medita” (María Zambrano, “Sentido de la derrota”). En una cultura que promociona tanto a los “triunfadores” como la nuestra, el tema de la derrota tiene que ser visto, forzosamente, como un tabú social. Pero sin el saber propio del derrotado, del que no ha sido tocado por el haz de luz de la fama ni se rige por ella, no habrá salida a la crisis de nuestro Occidente. Precisamos de su experiencia para perder el miedo de discrepar de la propia época, que es el peor chantaje que se le puede imponer al ejercicio intelectual. Liberarse de las constricciones que el presente impone. Y contemplar el Universo con los ojos de una mirada sincera, esperando que nuestro “mensaje en una botella” pueda ser recogido en algún momento.

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