Ética telúrica para una era virtual

Ética telúrica para una era virtual

Pocos temas serían capaces de generar hoy más consenso social que la denuncia del régimen de egolatría y simulacro que impera en las redes sociales. Aunque la mayoría participe de ellas, es seguro que todos han sentido alguna vez que algo está mal en los vertederos de interacciones basura que llamamos plataformas. La raíz del problema resulta fácil de advertir, pero como su detección exige que se formulen juicios normativos en torno a lo que sería un modelo alternativo de vida buena, no suele ser expuesta a plena luz.

Consecuencia directa de la decisión de dar carpetazo a la historia en 1991 fue inhibir la capacidad del humano para emitir críticas fundadas en la ética frente al “mejor de los mundos posibles”. El orgullo (hybris) detrás del proyecto de la globalización hizo que no se concibiera como posible que pudiera formarse una discrepancia de carácter ético frente al orden liberal victorioso. Y de los polvos de un ayer en el que caló el mensaje de que “no hay alternativa” (Thatcher), los lodos que hoy impiden leer nada profundo en contra del proyecto de virtualización de la existencia y de enmascaramiento de la realidad promovido por los círculos de poder. Al quedar desposeído el humano de su conciencia ética, poco o nada se ve capaz de confrontar a un proceso de desmaterialización que asume como inevitable deriva del progreso tecnológico.

Menos que en ninguna otra parte encontraremos críticas sustanciales entre los intelectuales mediáticamente autorizados a hablar sobre “lo digital”, cuyo rol fue inmejorablemente descrito por Guy Debord:

“[su] discurso podrá ser muy crítico y en algunos puntos manifiestamente inteligente, pero manteniéndose curiosamente desenfocado. (…) Necesita[n] aparentar que [su crítica] es muy reprobatoria, pero sin sentir jamás la necesidad de mostrar cuál es su causa; decir, aunque sea implícitamente, de dónde viene y hacia dónde querría ir” (“Comentarios sobre la sociedad del espectáculo”).

Así planteado, parece evidente que la aplastante mayoría de voces críticas con las fechorías de Silicon Valley cumple hoy una función de disidencia controlada. Es sencillo verlo por el estilo de su crítica. En vez de llevarla al plano de una controversia ética con la deriva del mundo (la “causa” que da lugar a la crítica y que le permite decir “hacia dónde querría ir” como alternativa al modelo hegemónico), la asienta en los lugares comunes de la pseudocrítica.

¿Qué se entiende como pseudocrítica del mundo digital? Lo de costumbre: defensa de la privacidad, denuncia del poder de las Big Tech, campañas por la transparencia algorítmica, apoyo al software libre… nada, en realidad, que contradiga y plantee un desafío ético al régimen de vida virtual en vías de implementación. Asimismo, esta pseudooposición se adecúa a la perfección con las demandas de una sociedad autocomplaciente, que aspira a presumir de “pensamiento crítico” sin desentonar demasiado del proceso histórico general y, por tanto, habiendo renunciado a ejercer sus facultades para el juicio ético: “«[e]n otro tiempo todo el mundo desvariaba», dicen los más sutiles, y parpadean. (…) «Nosotros hemos inventado la felicidad», dicen los últimos hombres, y parpadean” (Nietzsche, “Así habló Zaratustra”).

Aunque suene contraintuitivo, la crítica de la actual configuración de “lo digital” no exige tener demasiados conocimientos a nivel técnico en tanto que se mantengan las intuiciones éticas fundamentales. De ahí que alguien como Ana Iris Simón haya sabido dar con las claves del actual proceso mucho mejor que Ekaitz Cancela, a pesar de ser el segundo una voz autorizada en los asuntos digitales.

No hay más que leer a la manchega hablando de los youtubers para ver aparecer los gravísimos problemas éticos que arrastra nuestra cultura contemporánea, en comparación con los cuales los asuntos de índole puramente tecnológica son peccata minuta, una mera nota al pie en “[una sociedad que] venera el individualismo, la soberbia, el hedonismo, el relativismo y la tendencia a valorar la subversión como un fin en sí mismo (…). Una cultura que desprecia lo que hasta anteayer eran valores supremos, como la experiencia, la sabiduría, la capacidad de reflexión profunda, la serenidad o la madurez”.

Por el contrario, Cancela invierte el orden de importancia que Simón establece entre “lo ético” y “lo técnico” y sentencia que

“el problema principal [son] las carencias de un potencial utópico transformador desde la izquierda, especialmente sobre cómo utilizar las tecnologías como una palanca política (…). Estos acercamientos vulgares hacia Silicon Valley, retratándola como el enemigo moderno, encierran el siguiente problema: no problematizan la dependencia hacia las infraestructuras tecnológicas, carecen de una posición política propia sobre cómo utilizar las tecnologías de manera antisistémica”.

La experiencia me dice que la mayoría de “acercamientos vulgares hacia Silicon Valley” sí “problematizan la dependencia hacia las infraestructuras tecnológicas”. Tanto que, de hecho, no hablan de otra cosa. Por eso son “vulgares”, porque se despliegan en el terreno conocido de la pseudocrítica descrita antes, debidamente vaciada del componente ético. Si, como asegura Cancela, el “problema principal” que afronta nuestra existencia es algo tan simple como el desconocimiento del “potencial utópico” latente en las TIC, entonces debemos englobar a su propio discurso dentro de esos “acercamientos vulgares”. De ser tan nimio el “problema principal”, el nihilismo que hoy lo invade todo tendría fácil solución y se conjuraría usando software libre y redes sociales alternativas (!), puesto que no se reconoce un desorden esencial de raíz ética, que antecede a los debates de carácter técnico.

Bastaría, según el punto de vista del vizcaíno, con seguir los consejos de navegación de “una intelligentsia que organice a las masas mediante el uso de tecnologías contrahegemónicas”, haciendo como si no hubiera absolutamente nada importante que objetar en el plano ético, pues eso implicaría querer “retroceder a un momento histórico anterior, no posmoderno” que “sólo refuerza los marcos neoconservadores”. No obstante, la opción de Cancela, consistente en la negación de la pregunta ética (“there is no alternative”) y en la obediencia a los tecnólogos afines (los nuevos gnósticos, instruidos en el “conocimiento secreto” capaz de sacar a la humanidad de la miseria), resulta todavía menos convincente.

En el mejor de los casos, el uso disruptivo de las TIC podría llevar a una mayor conciencia individual a la hora de interaccionar con los dispositivos, pero no resuelve uno solo de los problemas que tenemos planteados como cultura. Esta perspectiva, al priorizar “lo técnico” sobre “lo ético” (el ABC de la tecnocracia, aproximación “vulgar” como pocas) no guarda mayor interés que las aplicaciones concretas para utilizar las tecnologías digitales “de manera antisistémica”, que en el caso de Cancela tampoco se molesta en detallar demasiado (el esoterismo indisociable del gnosticismo impide dar muchas pistas...).

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