El metaverso de la burguesía. Una lectura técnica del Manifiesto Comunista

El metaverso de la burguesía. Una lectura técnica del Manifiesto Comunista

El Manifiesto Comunista se publica originalmente en 1848 y se convierte rápidamente en una palanca para la movilización política del proletariado revolucionario. Aunque se haya escrito ya muchísimo sobre esta obra y sea prácticamente imposible añadir nada nuevo, se suele olvidar algo esencial de ella: que el Manifiesto es en gran medida un estudio sobre la técnica moderna.

Marx y Engels analizan las transformaciones tecnosociales asociadas al proceso de modernización para anunciar el advenimiento de una época genuinamente nueva, que ha roto con toda la tradición anterior. Es la era de la burguesía, clase que reconocen “ha desempeñado un papel altamente revolucionario en la historia” (44*). Y es que antes que político, la revolución burguesa se produce en el plano tecnológico: “[l]a burguesía, en sus apenas cien años de dominio de clase, ha creado fuerzas productivas más abundantes y colosales que todas las generaciones pasadas en su conjunto. (...) Entonces vinieron el vapor y la maquinaria a revolucionar la producción industrial. En lugar de la manufactura comenzó la moderna gran industria” (47, 43).

El elemento definitorio de la clase burguesa, ese que la distingue de todas las otras clases dominantes de la historia humana, es el cambio tecnológico. Esto queda explicitado en las primeras páginas del Manifiesto: “[l]a burguesía no puede existir sin revolucionar continuamente los instrumentos de producción, esto es, las relaciones de producción, esto es, todas las relaciones sociales. La conservación inalterada del antiguo modo de producción era, en cambio, la primera condición de existencia de todas las clases industriales anteriores” (45). La burguesía es la primera clase dominante de la historia no conservadora, sino movilizadora de las fuerzas del progreso histórico. Con su hegemonía de clase empieza un ciclo de aceleración del tiempo histórico posible solamente gracias a sus innovaciones técnicas, caracterizadas por “un inmenso desarrollo del comercio, de la navegación, de las comunicaciones terrestres” (43).

En su búsqueda del beneficio, la burguesía vive sometida a la competencia económica y no puede imponerse en el mercado sin introducir constantemente cambios técnicos en el proceso de producción con vistas a hacerlo cada vez más eficiente. De ahí que el arquetipo de la época burguesa (según la caracterizan Marx y Engels en el Manifiesto) no sea el industrial o el financiero, sino el ingeniero, cuyo rol consiste en revolucionar técnicamente el proceso de producción sobre el que se asientan todas las sociedades humanas.

El capitalismo es en este sentido esencialmente tecnológico; es la organización rentable, en un sistema, de las técnicas más productivas. Su figura cardinal no es el economista, sino el ingeniero. (…) La solidaridad entre capitalismo y socialismo se entabla en esto: en el culto al ingeniero (Comité Invisible, A nuestros amigos).

Estando en perfecta ortodoxia con el análisis marxista se puede afirmar que el rol histórico de la burguesía ha sido acelerar el cambio histórico de la mano de una clase de ingenieros optimizadores del ciclo productivo. El problema de la apuesta aceleracionista es que en el mundo sometido a los ritmos propios de un mercado mundial resulta imposible preservar las tradiciones locales o regular los cambios para que sean paulatinos, algo que se reconoce en el mismo Manifiesto: “[l]os particularismos nacionales y los antagonismos de los pueblos desaparecen cada día más, simplemente con el desarrollo de la burguesía, con la libertad de comercio, el mercado mundial, la uniformidad de la producción industrial y las formas de vida que a ella corresponden” (65). Un “Estado homogéneo universal” (Kojève) se intuye como meta de toda esta transformación.

Según el marxismo, todas las clases dominantes posteriores a la revolución burguesa han de ser resueltamente hostiles a toda tradición en la medida que entorpezca su papel histórico. La modestísima crítica que le dirigen Marx y Engels a la suya es que ha dejado de ejercer bien su función revolucionaria de aceleradora del ciclo histórico: “la burguesía es incapaz de seguir siendo la clase dominante de la sociedad y de imponer a ésta, como ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase” (56). La alternativa que el socialismo ofrece se circunscribe a una aceleración si acaso más eficiente, determinada, implacable, como solo una dictadura proletaria sabría asumir.

Tanto (i) la incompatibilidad de las tradiciones con el paisaje técnico producto de la revolución burguesa como (ii) la superficial oposición que le supuso el marxismo son elementos que Carl Schmitt menciona en Catolicismo romano y forma política en un par de fragmentos que merece la pena traer a colación:

(i) El pensamiento técnico es ajeno a todas las tradiciones sociales: la máquina no tiene tradición. Uno de los descubrimientos sociológicos de Karl Marx es que la tecnología es el verdadero principio revolucionario, al lado del cual todas las revoluciones basadas en la ley natural son formas anticuadas de recreo. Una sociedad construida a partir de la tecnología no podría ser otra cosa que revolucionaria, pero pronto se destruiría a ella misma y a su tecnología.
(ii) El punto de vista del capitalista moderno es el mismo que el del proletario industrial, como si uno fuera hermano del otro. (…) El proletariado consciente se considera el amo legítimo y más cualificado para dirigir el aparato, mientras que la propiedad privada del capitalista la ve como una reminiscencia de una etapa tecnológica atrasada. El gran industrial no tiene otro ideal que el de Lenin, una “tierra electrificada”. En lo que no están de acuerdo es en el método correcto de electrificación. Financieros americanos y bolcheviques rusos se encuentran juntos en una lucha común a favor del pensamiento económico, esto es, en la lucha contra políticos y juristas.

En el Manifiesto se advierte que la burguesía “crea un mundo a su imagen y semejanza” (47), es decir, un universo propio o metaverso en el que todo pasa a ser comprendido a través de sus categorías cognoscitivas, asentadas en un pensamiento científico-técnico que “ha rasgado el velo de tierno sentimentalismo” (53) y “ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas” (52), ya que su rol histórico no obedece a otra misión que no sea la aceleración del largo proceso de desencantamiento del mundo (Weber), que el proletariado revolucionario debe terminar de realizar.

Entiendo por metaverso una idea de la realidad fundamentada en hipótesis racionalistas. Algo como el socialismo, que no es más que una ramificación ultrarracionalista de la revolución burguesa, se vislumbra entonces como siguiente etapa histórica en nuestra acelerada transición hacia el mundo técnico (metaverso) anhelado por el pensamiento científico-técnico. Un “comunismo de lujo totalmente automatizado” como el que pronostica Aaron Bastani, con una tecnocracia capaz de acelerar todavía más el ciclo del progreso histórico, como punto de encuentro elemental entre capitalismo y socialismo.

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*: Todas las citas del Manifiesto Comunista presentes en este artículo provienen de la edición de Alianza Editorial del año 2007.

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