Dopamina y sinsentido

Dopamina y sinsentido

Mucho se ha escrito acerca del carácter adictivo del entramado tecnológico actual. La necesidad de tener enganchado al consumidor el mayor tiempo posible hace que los servicios multimedia desarrollen mil y una estrategias para captar y mantener su atención. La manera cómo lo hacen es incorporando en sus productos técnicas de estímulo que inducen a la generación de dopamina, la sustancia del cerebro que provoca placer y felicidad. En tanto que usuarios del Internet actual, el resultado de esta deriva pavloviana, que pone a salivar nuestra parte animal, nos es del todo familiar: la codificación de las relaciones humanas según los botones de las redes sociales, la simplificación de las narrativas audiovisuales (véase el ascenso de las películas de superhéroes) o la gradual comprensión de la calidad artística en términos de viralidad.

Pese a que abunden los análisis sobre aspectos concretos de eso que Guy Debord llamó la “sociedad del espectáculo”, apenas un puñado se atreve a entrar en los temas existenciales de fondo. Un mismo estilo de pregunta está quedando sospechosamente sin respuesta, como (i) el por qué de la creciente subordinación a instintos tan primarios en sociedades que presumen de modernas, (ii) qué propuesta ética emana de las plataformas digitales o (iii) qué queda de la persona cuando la lógica de su existencia gira alrededor de la generación de dopamina.

En vez de eso, la mayoría de análisis se lanza a desentrañar la enésima campaña de manipulación en redes o a adivinar intenciones lucrativas en los algoritmos de compra, pseudodescubrimientos que no hacen más que confirmar lo que ya sabíamos antes de llevarse a cabo: que en el mundo online y offline mandan los intereses políticos y empresariales. Lo que sea con tal de evitar dirigir la mirada al elefante en la cacharrería que no deja de crecer: el profundo nihilismo que hace estragos en nuestras sociedades. Ése es el gran problema de fondo, cuyo mérito reside en que apenas nadie lo nombre.

Nihilismo: falta el fin; falta la respuesta al “¿para qué?”; ¿qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizaron” (Nietzsche). La dopamina es el sucedáneo que en la actualidad suple la progresiva pérdida de sentido existencial. Igual que el soma de “Un mundo feliz” funcionaba como dispositivo de control mental, la producción artificial de dopamina sirve para inhibir la facultad introspectiva y persistir en la eterna huida hacia adelante de la sobresocialización digital: “Lenina y Henry bailaban ya en otro mundo, el mundo cálido abigarrado, infinitamente agradable, de las vacaciones del soma. ¡Cuán amables, guapos y divertidos eran todos!”. Dicho en otras palabras, la dopamina es el paliativo que nos permite vivir instalados en el nihilismo sin que esto nos genere, ni como ejemplares humanos ni como sociedad, la más mínima inquietud. Las microdescargas de placer inoculadas por la industria de la dopamina nos libran de querer buscarle el sentido a otra cosa que no sea el cortoplacismo del instante feliz.

El optimismo con el que el siglo XIX amamantó a su clase intelectual (Comte, Marx) es en gran medida responsable del nihilismo que padecemos en el siglo XXI. Las “filosofías del progreso”, asombradas ante la perspectiva de una sociedad regida por el pensamiento científico-instrumental, redujeron el horizonte de su mirada a las cuestiones consideradas como “materiales”, susceptibles de resolverse a través de la aplicación del todopoderoso método científico. Los asuntos que no podían abordarse en esos términos quedaron desacreditados como “metafísicos” y se les sentenció al olvido al no ser reconocidos como dimensiones del ser humano racional.

En el aspecto cultural, la novedad de la propuesta materialista fue su apuesta por reducirlo todo a problemas de orden práctico. Se dejaron de este modo en suspenso las grandes preguntas, de naturaleza ética, por pertenecer a ese plano metafísico o espiritual del que se buscaba liberarnos con el progreso de la razón. Hoy, cuando la utopía decimonónica ha sido realizada al no plantearse otras cuestiones que no sean de orden puramente material, se nos revela su doble filo, si no su maldición, en forma de nihilismo. Nuestra sobreabundancia de medios (materiales) ha impedido darnos cuenta de nuestra pobreza a nivel de fines (espirituales), de principios firmes sobre los cuales sostener nuestra existencia colectiva e individual.

La atención a la dimensión espiritual, no práctica, que en otras épocas históricas se había traducido en el cultivo de una ética, es el último refugio frente al nihilismo imperante: “¿Cuál es nuestro destino? Si tal es la pregunta que cimienta y da sentido a cualquier civilización, lo propio de la nuestra es ignorar y desdeñar tal tipo de pregunta: una pregunta que ni siquiera es formulada, o que, si lo fuera, tendría que ser contestada diciendo: “Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”” (“Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra”, Mutis y Ruiz Portella). Perdida la conciencia de destino, no nos quedaría ya otra que disimular nuestro nihilismo entregándonos a la industria de la dopamina, tal y como han optado por hacer la mayoría de nuestros contemporáneos. Convertirnos en perros de Pavlov, sin otra preocupación que la de actualizar paranoicamente nuestras redes en busca de la ansiada dosis de excitación.

← Política para NPCs
Conspiración contra el pensamiento (apuntes sobre nuestra sociedad digital) →

Suscribirse a Interferencia

Recibe las actualizaciones de Interferencia en tu correo

Te has suscrito a Interferencia
Ahora eres un suscriptor de Interferencia
Has iniciado sesión
Success! You are now a paying member and have access to all content.
Success! Your billing info is updated.
Billing info update failed.