Disidentes del metaverso

Disidentes del metaverso

Con el anuncio del cambio de nombre de Facebook a Meta se ha precipitado un interesante debate en torno al “metaverso”. Pero ¿qué es el metaverso? En resumidas cuentas, será el nombre por el que llamemos a “lo digital” en cuanto consiga absorber la mayor parte de la actividad humana. Seremos ciudadanos de Metaversia cuando ya no concibamos una separación entre “lo virtual” y “lo real”, porque “lo virtual” se habrá adueñado casi del todo del espacio de “lo real”.

El manifiesto fundacional de Meta es completamente transparente en cuanto a sus intenciones: “podrás teletransportante instantáneamente como holograma para estar en la oficina, en un concierto con tus amigos o en la sala de estar de tus padres”. La promesa genérica es que lo que hasta hace algunos años exigía un componente orgánico (trabajo, familia, relaciones) se pueda hacer en el metaverso mediante soportes digitales. Evidentemente, esto no significa que pasemos a vivir, de la noche a la mañana, en un universo virtual, sino que éste se irá introduciendo paulatinamente en nuestras vidas, hasta vampirizarlas en su totalidad. De hecho ya somos todos, en alguna medida, metaversianos, como demuestran nuestros hábitos digitales, que han crecido exponencialmente a lo largo de la última década.

En la introducción a “La condición humana” (1958), Hannah Arendt se refiere al lanzamiento del satélite Sputnik como un hito histórico, que revelaba el deseo de cierta cultura de sustraerse del plano natural: “El mismo deseo de escapar de la prisión de la Tierra se manifiesta en el intento de crear vida en el tubo de ensayo (…). Este hombre futuro parece estar poseído por una rebelión contra la existencia humana tal como se nos ha dado, gratuito don que no procede de ninguna parte”. La pensadora alemana vinculaba el anhelo de escapar al espacio exterior con el desprecio de la condición humana tal y como nos fue dada, en calidad de terrestres. Su preocupación era que el humano se olvidara de su dimensión de ser natural y quisiera edificar un proyecto de vida completamente artificial, fuera de la atmósfera de la Tierra.

De haber escrito Arendt el libro en 2021, muy probablemente se habría referido a la expectación generada por el metaverso como expresión más reciente de este rechazo a la realidad material. Porque la idea misma de habitar en Metaversia, un universo artificial obra de la mano humana, únicamente podría resultarle seductora a un tipo humano revuelto contra su condición de ser natural (el mismo que en otra época se veía viviendo en una nave espacial). En otra parte me referí a esta arcadia virtual que se nos pretende imponer como una Creación low cost, por estar patéticamente condicionada por el suministro de electricidad y los ataques DDoS.

Pronto se querrán cortar las últimas amarras que nos unen con la materia para buscar refugio en un espacio construido bit a bit, en el que todo podrá ser en la manera que el usuario desee. Ortega, que se refirió a la realidad como la “contravoluntad”, lo que se nos opone, tendría que introducir modificaciones para dar cuenta de una realidad virtual moldeada según los deseos del sujeto, que la puede personalizar a placer. De ahí que los delirios transhumanistas vean en el metaverso su mundo ideal, en el que las barreras de lo natural desaparezcan y todo pueda ser sometido a los caprichos de la ingeniería social (algo parecido al “mundo feliz” de Huxley). El ciudadano de Metaversia será el producto estrella del diseño humano y no dejará nada sin cuestionar, deconstruir ni redefinir.

Queda no obstante la esperanza de una secesión organizada ante este proceso de gradual abandono de la condición humana a cambio de la adquisición de ciudadanía en el metaverso. Tengo, eso sí, serias dudas de que una ruptura del tipo que digo vaya a ser promovida desde la “comunidad hacker”. Su legendario carácter subversivo se diluye tan pronto como se le pregunta por la virtualización de la vida como proceso, el cual asume como episodio histórico inevitable, derivado del progreso tecnológico. Tan insulso se ha vuelto ese movimiento, que ante la radical tentativa de convertirnos a todos en seres desmaterializados sigue sin emitir juicio normativo alguno (y ni hablemos de un juicio crítico). Prefiere circunscribirse a lo políticamente correcto, que en su caso significa criticar que el proceso sea dirigido por unas pocas megacorporaciones.

Resta pues por aparecer un arquetipo disidente frente a esta tiranía de lo digital. Sólo que su camino tendrá que ser exactamente el inverso al de los revolucionarios del siglo XIX, los cuales pretendieron sustituir el orden natural por el “paraíso en la Tierra” construido por ellos (poniéndose de facto en el lugar de Dios). Por el contrario, el disidente de Metaversia no obedecerá a otro programa que no sea el de regresar, pacíficamente, sobre la senda de ese orden natural con el que siglos de Modernidad nos enemistaron: “Ha hecho falta que todo tipo de pantallas se interpongan entre nosotros y el mundo para restituirnos, por medio del contraste, el incomparable tornasol del mundo sensible, el asombro ante lo que está ahí” (Comité Invisible, “A nuestros amigos”).

Forzosamente, este nuevo perfil disidente será la agregación de una amalgama de tradiciones filosóficas cuya única resolución común es negarse a vivir en una realidad artificial. Será sin embargo entonces que podremos reconocer qué se sitúa realmente en los márgenes de la contracultura y qué, por no atreverse a cuestionar el proceso, se dispone a ver el mundo a través de unas Oculus Rift.

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