"Contra el futuro", lo de siempre de Marta Peirano

"Contra el futuro", lo de siempre de Marta Peirano

Tengo un amigo, gran lector de literatura, que lleva años con la misma noticia colgada de la pared de su despacho. Se trata de la crónica de una charla del escritor catalán Josep Maria Gironella, famoso por su tetralogía de la Guerra Civil. El titular, propio del periodismo de otra época, le pareció a mi amigo lo suficientemente mordaz como para imprimirlo y enmarcarlo. Dice así: "Gironella llegó, habló de lo de siempre y se marchó". El inspirado cronista quería transmitir la imagen de un ponente entrañable aunque muy inclinado al monotema, que en su caso era el drama que estalla en 1936.

La sensación tras la lectura de Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático (Debate, 2022) queda perfectamente representada en el titular que entonces le dedicaron a Gironella. Quienes conocemos la trayectoria de Marta Peirano como crítica oficial del capitalismo de plataformas no encontraremos en su nuevo libro nada fuera del "lo de siempre" a que nos tiene acostumbrados desde hace años. Si está en la naturaleza del libro "producir un efecto, el hacer que alguien se entere de algo (...). [T]odo libro ha de tener algo de bomba, de acontecimiento que al suceder amenaza y pone en evidencia, aunque sólo sea con su temblor, a la falsedad" (María Zambrano, Por qué se escribe), Contra el futuro no solamente fracasa en ese objetivo, sino que se recibe con la misma indiferencia que un teletipo.

El cambio climático, tema que ha centrado ahora la atención de Peirano, parece a priori alejarse de su anterior libro, El enemigo conoce el sistema. Manipulación de ideas, personas e influencias después de la Economía de la atención (Debate, 2019), sobre técnicas de control y manipulación político-empresariales. No obstante, la continuidad de un cierto estilo hace de Contra el futuro un mero remake ecologista de las mismas intuiciones ya publicadas en 2019. Ese estilo, que luego comentaremos con mayor detalle, es capaz de llenar decenas de páginas sin llegar a entrar nunca en el fondo de ningún asunto. De hecho, una vez leído el libro, la impresión es que no hay una razón real que justifique su publicación (con sus correspondientes emisiones de CO2) más allá de la reinvención estratégica de la autora como referente mediático de la inminente "transición ecológica" en el plano tecnológico.

Como creadora de contenidos, la estrategia de mercado de Peirano consiste en fabricar productos culturales fácilmente digeribles que atiendan cuestiones tecnosociales acerca de las cuales hay prácticamente unanimidad. Salvo contadísimas excepciones, nadie va a cuestionarle la pérdida de privacidad, el excesivo poder de las tecnológicas o los estragos del cambio climático. No obstante, se los presenta como si existiera una controversia real en relación a cualquiera de ellos. El ensayo quiere exhibir discurso subversivo, incómodo a ojos del poder, pero no se sale un milímetro de los tópicos ambiente de su propia época. La suya es una crítica de bajo voltaje, pensada para ser apta para todos los públicos. Se asegura así el disparo en forma de ventas editoriales, porque ofrece a la gente una versión más refinada de lo que ya pensaba antes de comprar el libro, pero al precio de no tener nada interesante que contarles.

Mirándolo así, alguien podría reprocharle a Peirano que su estilo de producir es sumamente conservador, por limitarse al "lo de siempre" que funciona editorialmente. A priori, esto no casaría bien con la mentalidad crítica de la que presumen buena parte de sus lectores. Aun así, que esta forma de hacer las cosas le siga funcionando libro a libro demuestra que la autora de Contra el futuro comprende perfectamente la psicología de una izquierda desesperada por no salirse de sus lugares comunes, intranquila ante la posibilidad de cruzarse con una reflexión inesperada, que como un salteador de caminos la despertara de su siestecilla. Peirano le asegura, por el contrario, una experiencia agradable como un baño María que nunca llega al punto de ebullición: nada inesperado ni violento, con una modestísima dosis de crítica soportable por todas las cabezas de la izquierda (y de casi toda la derecha).

Tanto El enemigo conoce el sistema como Contra el futuro juegan a Hundir la Flota pero al revés: los disparos de su crítica acaban dándole siempre al agua. Hacer esto por dos veces no es casualidad. Pero ¿qué queda de pensamiento crítico en textos que no van a ser capaces de trastocar el esquema mental de nadie? Respuesta: un ejercicio de disidencia controlada. De ahí que la izquierda progresista, que cumple ese rol en nuestra época, no pueda hacer otra cosa que recibir con las manos abiertas el nuevo "lo de siempre" de Peirano. Fue Ted Kaczynski, el Unabomber, quien mejor supo captar la esencia de esta izquierda prosistema:

(...) las finalidades de los izquierdistas de hoy no están en conflicto con la moral establecida. Antes bien, la izquierda toma un principio de la moral establecida, lo adopta a su manera y entonces acusa a la corriente mayoritaria de la sociedad de violar ese principio. Ejemplos: igualdad racial, igualdad de los sexos, ayudar a la gente pobre, paz como opuesto a la guerra, generalmente pacifistas, libertad de expresión, amabilidad a los animales. (...) Todos estos han sido valores profundamente arraigados de nuestra sociedad (o al menos por mucho tiempo de su clase media y alta). (...) Estos valores son explícitamente o implícitamente expresados o presupuestos en mucho del material presentado por los medios de comunicación de corriente de opinión mayoritaria y por el sistema educativo [28].

A este simulacro de subversión no se le puede llamar de otra manera que disidencia controlada, ya que los postulados de la izquierda prosistema son, en realidad, perfectamente coincidentes con los del discurso hegemónico. Justamente igual que Contra el futuro, cuyo alegato final no parece que vaya a generar mucha incomodidad en Davos: "[p]odemos empezar por la gestión de los recursos más necesarios y limitados, como el agua y la energía, abriendo un cuarto para compartir la lavadora. Podemos buscar cooperativas vinculadas al contexto climático y ser parte de su red de sensores capaces de identificar, evaluar, aprender, corregir y proponer"  (pág. 116). Imposible que esta música suene del todo rara a los promotores del "no tendrás nada y serás feliz".

En este sentido, es imperativo destacar que la mayoría de recetas de la autora para enfrentar el cambio climático hacen abstracción del Estado, que desaparece para volver como un mero coordinador de los flujos de información, en lo que se revela como el ideal de la gobernanza liberal: la sociedad se autorregula cuando tiene las herramientas adecuadas y el Estado es por tanto prescindible. Peirano parte de la centralidad de esta hipótesis (liberal) para formular sus propuestas. Por el momento, siguen siendo Tiqqun quienes mejor han descrito esta forma de gobernar "sin gobierno", en la que el Estado deja de existir como realidad esencialmente distinta a su sociedad y pasa a un estado vaporoso:

[l]a perspectiva del Imperio legista es la de un Estado perfectamente inmanente a la sociedad civil: «La ley de un Estado donde reina el orden perfecto es obedecida tan naturalmente como que comemos cuando tenemos hambre y nos cubrimos cuando tenemos frío: no hay necesidad de mandar», explica Han-Fei. La función del soberano es aquí la de articular los dispositivos que lo harán superfluo, que permitirán la autorregulación cibernética (pág. 93).

Este posicionamiento antiestado se hace manifiesto en el elogio que hace Peirano de la respuesta de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) a la sequía de 2018:

[tras la instalación de sensores de medición del consumo] los ciudadanos de Ciudad del Cabo pudieron hacerse corresponsables de la situación y tomar medidas para mejorarla. (...) Así se transformaron en una comunidad responsable, unida en la ejecución de protocolos capaces de garantizar la disponibilidad de agua para todo el mundo en momentos de presión (pág. 85).

Según la perspectiva liberal, el ideal sería que el Estado quedara en un segundo plano a la hora de afrontar la crisis climática y cediera la iniciativa al voluntarismo de la sociedad civil. En el libro se recurre incluso a terminología bursátil: "la estrategia más eficiente para mitigar la sequía es convertir a los ciudadanos en accionistas de la bolsa de agua municipal. El incentivo se dispara cuando (...) el ciudadano puede ser consumidor y productor" (pág. 88).

En otras palabras: ahora que el cambio climático no hace más que agudizarse, lo que le está pidiendo Peirano al Estado es diluirse para dejar que la sociedad civil empoderada pueda tomar conciencia, cobrar protagonismo y actuar a su manera: "[u]n régimen comunitario de gobernanza con datos no necesita imitar el modelo panóptico de las empresas tecnológicas (...). Aquí los datos permanecen con la comunidad que los genera, que los usa como feedback para su autogestión, pero son compartidos de mutuo acuerdo cuando la ocasión lo requiere o lo merece" (págs. 102-103). De ser así, el despliegue de una estrategia coherente contra la crisis ecológica quedaría subordinada al "mutuo acuerdo" (es decir, al capricho) entre ciudadanos, a los que se les dejaría hasta elegir si compartir o no la información que recopilan sus medidores de consumo / contaminación.

En una entrevista en "El Salto" con motivo de la publicación, la periodista enfatiza esta apuesta liberal y anarquista, antiestado en cualquier caso: "[el poder no es el problema]. El problema es que lo tengan cinco y que afecte a 6.000 millones de personas. Si el poder estuviera repartido entre, por lo menos, 600 millones de personas no sería un problema". "El problema", se entiende, sería la posibilidad de actuar contra el cambio climático de manera vertical y centralizada y no a través de una miríada de iniciativas descentralizadas, "locales", probablemente contradictorias entre ellas, cuyas decisiones solamente afectaran a un pequeño número de personas.

Semejante apuesta por la fragmentación de los esfuerzos sumada a la ausencia de una dirección política clara no parece que vaya ser suficiente como para enfrentar seriamente alguno de los efectos del cambio climático. En relación a esto hay que hacer mención de un artículo de Samo Burja para Palladium en el que polemiza con las aproximaciones anticentralización y explica que "cuando la gente imagina la descentralización, frecuentemente tiene una imagen falsa. Muchos aspectos de la vida humana funcionan mejor centralizados. (...). Haríamos mejor si miráramos qué instituciones están mejor posicionadas para controlar esas tecnologías, a qué fines deberían servir y asegurarnos que hacen un buen uso de ellas". Y no andar equiparando lo que no sea descentralizar al "modelo panóptico de las empresas tecnológicas" (pág. 102) en el que hay "un déspota incontestable, omnipresente pero abstracto, que sólo atiende por contestador automático (...). Es un golpe a la democracia disfrazado de progreso, eficiencia y comodidad" (pág. 97).

En coherencia con el espíritu liberal que acompasa Contra el futuro, la parte propositiva del libro expone soluciones técnicas para cuya puesta en práctica las instituciones políticas no pintan apenas nada:

cada edificio sería libre de colaborar con sus vecinos e impulsar proyectos de gestión climática con las instituciones locales pertinentes, con la infraestructura social que forman los centros sanitarios, las bibliotecas públicas, las asociaciones vecinales y los centros educativos; sería libre de formar una red local de colaboración ciudadana en la que los vecinos aportasen sus observaciones y su valiosa red de datos actualizados en tiempo real para iniciar los programas de investigación sobre la salud del barrio (pág. 91).
Un Stack social donde cada edificio fuese un ecosistema de información autosuficiente que contuviese y procesara la información local en un servidor dedicado y donde "la Nube" sería una proyección deliberada de varios ecosistemas que se conectan entre ellos por decisión expresa de la comunidad, cuando forman parte de un proyecto conjunto. Un servidor en cada edificio podría incluir otras funciones útiles para los vecinos, como boletines de anuncios para el intercambio y la compraventa de ropa, muebles o electrodomésticos, recomendaciones de manitas locales y peticiones de ayuda como regar las plantas durante las vacaciones, vigilar a los niños en un aprieto o pasear una mascota durante una enfermedad. (...) [Se constata] el potencial de las tecnologías para facilitar vínculos que se han desnaturalizado en el desarraigo de la ciudad (...)" (pág. 92).
Mi propuesta es que las instituciones alojen Nubes Temporales Autónomas donde los datos puedan coincidir durante el tiempo suficiente para resolver una crisis o crear un protocolo adecuado, y que se disuelvan una vez cumplida su función (pág. 105).

En estos tres fragmentos, las instituciones se ven reducidas al rango de meras dinamizadoras de las iniciativas de la sociedad civil, encargada de impulsar "proyectos de gestión climática" en coordinación (o no: eso se confía a su voluntarismo innato) con otras agrupaciones. Parece como si el modelo social en el horizonte de Contra el futuro fuera una ecosociedad de "últimos hombres" (Nietzsche), que puede pasar sin Estado por estar sus ciudadanos tan asimilados al nuevo régimen climático que vivirían para “publica[r] mapas de consumo de cada barrio para despertar la deportividad vecinal, incluida la lista de los cien vecinos más derrochadores. Los ciudadanos empezaron a competir por ver quién consumía menos, compartiendo métodos cada vez más ingeniosos de conservación doméstica en las redes sociales” (pág. 81). La lucha contra el cambio climático sería una cuestión de sensores y gamificación de los comportamientos, no de compleja ingeniería política o de un cambio cultural profundo en la manera de relacionarse con el mundo.

El enemigo conoce el sistema y Contra el futuro se mantienen por otra parte al margen de las grandes controversias ético-normativas asociadas al espíritu de la técnica moderna: transhumanismo y bioingeniería, reducción del mundo a un stock disponible para explotar (Heidegger), alienación tecnológica (Anders), distanciamiento y enemistad con la realidad material (Voegelin) o aceleracionismo (Virilio). La autora opta por no posicionarse ante todos los debates de gran calado, sin duda cruciales para entender la era tecnológica, mientras insiste en dejar clara su postura en asuntos perfectamente sin interés y sobre los que existen amplios consensos sociales, como la utilidad de los medidores para reducir el consumo de agua (pág. 85) o la necesidad de comer menos carne (pág. 72).

¿Cómo consigue la periodista evitar hablar de esos "grandes temas"? Desvinculando su crítica de cualquier relación con un marco teórico. Esquiva así las implicaciones que le acarrearía organizar todo lo que dice según un criterio filosófico-normativo. En los dos libros mencionados no hay ni asomo de entrar en ese terreno – tan pantanoso y poco agradecido, por otro lado. Su metodología, foucaultiana, se pone a desgranar infinidad de dispositivos y relaciones de poder (indistintamente la campaña del Brexit, la industria de la manipulación olfativa, los delirios de Elon Musk o el greenwashing corporativo) para no tener que entrar a responder preguntas ético-normativas como "¿cómo valora el proceso de modernización desde una perspectiva ecológica?", "¿considera deseable una mayor virtualización de la vida para disminuir la huella de carbono?" o "¿qué sistema político es el más adecuado para luchar contra el cambio climático?".

El marco teórico elegido es la base que permite tanto disciplinar el examen crítico como confesar la propia perspectiva y posicionamientos ético-normativos. En su ausencia, la imagen que termina transmitiendo Contra el futuro es la de un “museo de las curiosidades”, perfecta recopilación de referencias arbitrariamente elegidas, sin otro terreno común que el hecho, puramente circunstancial, de formar parte de una misma obra.

La gran diferencia entre el "lo de siempre" de Gironella y Peirano reside en que el primero se pasó toda su vida enemistado con la crítica, que nunca le hizo concesiones a una obra literaria que ha quedado para la posteridad. No digo que el juicio negativo de los críticos sea necesariamente un buen indicador para medir la calidad de una obra, pero que ésta suela recibir excesivos elogios debería inducir a sospecha. Todo el mundo sabe que en Amazon siempre acaba resultando más útil ir a leer directamente los comentarios negativos. No hay que fiarse nunca de las cinco estrellas.

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