Conspiración contra el pensamiento (apuntes sobre nuestra sociedad digital)

Conspiración contra el pensamiento (apuntes sobre nuestra sociedad digital)

Ya desde tiempos de Tales (s. VII a. C), pero sobre todo a partir de Platón, se desarrolla lo que en Occidente conocemos como "filosofía", sinónimo de "pensamiento". Definimos la facultad de pensar como la capacidad que el ser humano tiene para distanciarse de las apariencias tal y como llegan a sus sentidos (ya sean cosas o hechos), con tal de adquirir una mirada objetiva sobre ellas.

En el archiconocido mito de la caverna, Platón describe el dificultoso escape del "mundo de las apariencias" por parte de un sujeto inconformista, que no se deja atrapar por los acontecimientos de cada instante y se atreve a separarse de ellos para juzgarlos con ojos racionales ("críticos").

Pensar es por tanto un ejercicio 1) no espontáneo (surge como resultado de un proceso de creciente insatisfacción con las apariencias) y 2) poco frecuente (en el mito platónico, tan sólo uno de los encadenados se atreve a tomar el camino del pensamiento mientras el resto navega dichoso entre los fantasmas de las apariencias).

Nuestra moderna era digital "conspira", por así decirlo, contra el movimiento de insatisfacción que da lugar a que haya pensamiento. La paradoja actual es una en la que, habiendo desarrollado las condiciones técnicas para que las informaciones nos lleguen en tiempo casi real, ese mismo entramado sociotecnológico induce a que se "piense" menos que nunca. Ha cambiado el formato (ahora es digital), pero hemos vuelto a regirnos por las simples apariencias, justamente igual que los condenados de la caverna platónica.

A través de las actualizaciones constantes de las cronologías, notificaciones, "últimas noticias" y la sobreabundancia de contenido audiovisual, se inhibe la facultad que el humano tiene para adquirir distancia de los hechos cotidianos y someterlos a examen intelectual. Vivir pendiente de "la última hora" fomenta una existencia eminentemente no reflexiva, a la deriva en un mar de noticias triviales que sin embargo asumen todo el protagonismo y no dejan espacio para que el "pensamiento" actúe.

La captación de la atención por parte del torrente de informaciones frena en seco la posibilidad de una reflexión pausada: "El mundo se queda ahora sin caminos. En vez de recorrer nosotros mismos los caminos, ahora es el mundo el que nos "recorre"; y en vez de dirigirnos hacia los acontecimientos, son éstos los que ahora desfilan ante nosotros" (Günther Anders, "La obsolescencia del hombre").

A medida que crece nuestra dependencia tecnológica, la hoguera de las apariencias hace que nos vayamos agrupando gregariamente a su alrededor, con la seguridad de ser "ciudadanos informados" por el hecho de tener siempre actualizadas nuestras redes. Parafraseando a Marx, podemos decir que "la información es el opio del pueblo". Y si tomamos como referencia el "mundo feliz" de Huxley, concluir que la información es el "soma" de nuestra sociedad digital, el narcótico institucionalizado socialmente.

Se sustituye la necesidad del pensar por la mecánica revisión de la interfaz gráfica de la aplicación, esperando encontrar (especialmente en los contenidos propiamente "políticos") un entretenimiento que llene los tiempos muertos que llevan a que el pensamiento se produzca. El joven "informado", experto en hacer girar la ruleta de la cronología y contribuir a los debates replicando con los motivos de moda, mantiene amordazada su mente en la medida que depende ese soma.

Las redes sociales son el dispositivo por excelencia de esta forma "no filosófica" de trato con la realidad. Todo su diseño se consagra a adormecer las facultades racionales y sustituirlas por un "piloto automático" programado por la interfaz, en el que se resta pasivo ante el incesante desfile de contenidos.

Lo que Platón llamaba las "apariencias" equivale en este caso a las dinámicas de creación de opinión en redes y a los comportamientos favorecidos por los botones de interacción, destinados a que toda posible reacción se limite a un "me gusta" o (a lo sumo) a una respuesta que, a imagen de la gran mayoría, tarde pocos segundos en redactarse.

Eso por no hablar de las reglas no escritas que aseguran "viralidad", la cual depende de la simplificación del mensaje hasta el extremo (en términos de palabras, expresiones, etiquetas o incluso "emojis"), en una suerte de competición por ver quién es capaz de degradar más su lenguaje (y, de paso, a sí mismo). Cualquiera que sea la idea que se defienda, debe poder expresarse en frases simples, llamativas y que no pasen de 140 (o 280) caracteres, so pena de conseguir un impacto insignificante en la muy competitiva "economía de la atención".

María Zambrano escribía en 1958 sobre lo que ella llamaba el "lenguaje de la masa", que a la postre ha sido elevado a lengua vehicular de nuestro mundo digital: "Plagado de adjetivos, de un repertorio muy escaso; de adjetivos que se vuelvan a granel, siempre los mismos, sobre personas o acontecimientos. Y en él se pasa de la declaración contundente y pomposa, que provoca la respuesta y al par no la permite; pues es un lenguaje por esencia agresivo, desafiante y dogmático" (María Zambrano, “Persona y democracia”).

Lo que ya tenemos ante nosotros es una sociedad sin pensamiento, en la que las "formas mágicas" proyectadas por los amos del mundo circulan por nuestras pantallas (y mentes) sin que exista una barrera que tan sólo puede proporcionar el acto de pensar. Y el problema que se asoma en esta situación terrible recuerda demasiado a un contexto en principio muy distinto (aunque también analizado por Zambrano): ese europeo que "ha perdido la raíz de su heroico idealismo" y lo ha cambiado por "la ciega servidumbre a la realidad más aparente e inmediata" ya tiene un nombre y ya había existido unas pocas décadas atrás: es el sujeto propiamente totalitario.

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